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Cuando la opción de vivir sin depender del oro empieza a perder su ‘brillo’

¿Existen alternativas viables en California para dejar de lado la explotación de dicho mineral y vivir, en dado, caso de actividades como el ecoturismo, la agricultura y la ganadería? Lo cierto es que los pobladores, principalmente los jóvenes, cada día pierden más el optimismo.

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Parque principal del municipio de California. Esta población cuenta en promedio con 1.900 habitantes. /FOTO XIOMARA MONTAÑEZ

Habitantes del municipio de California, de la provincia de Soto Norte, ubicado a 50 kilómetros de distancia de Bucaramanga, aseguran que por momentos es mejor no pensar en la minería y en las expectativas que un día se crearon, luego de la llegada de multinacionales extranjeras (algunas como la canadiense Greystar Resources, hoy Eco Oro Minerals, y la brasilera AUX, hoy transformada en Minesa, de propiedad árabe) que pusieron la lupa en la zona hace varios años, para extraer el oro.

Después del fallo emitido por la Corte Constitucional en febrero de 2016, en el que el alto tribunal consideró que prevalece el derecho de los ciudadanos al consumo de agua proveniente de los páramos y que dichos ecosistemas son fundamentales para proveer el preciado líquido a los municipios, y a la espera del fallo de una tutela presentada ante dicho órgano, la cual busca tumbar la decisión de la delimitación del Páramo de Santurbán, tenderos, artistas, comerciantes, mineros informales y líderes sociales pasan los días construyendo su presente e inquietos por el futuro.

Pobladores como Rodolfo Gamboa Suárez consideran que el turismo y la agricultura serían alternativas rentables, y que, además, le cambiarían la cara a la región. Incluso, piensan en que el gobierno departamental debería incentivar la oferta laboral, la formación técnica y universitaria en la zona, de tal manera que los jóvenes no se vayan de la provincia y desarrollen empresa.

No obstante, las futuras generaciones no piensan lo mismo. Para algunos, el oro es como el tiempo, ‘no se puede ver pasar sin siquiera acariciarlo’, pues con él “hemos crecido, nos han alimentado y han subsistido nuestras familias generación tras generación. ¿Por qué ahora debe ser distinto?”, comenta Elkin (23 años), quien se dedica al barequeo y galafardeo, es decir, a la extracción ilegal de oro.

Como él, decenas de hombres, en su mayoría, entre los 17 y los 30 años, pasan por alto la seguridad que presta el Ejército y la Policía Nacional en las minas, y se sumergen en los socavones a buscar oro sin importar las implicaciones que esto trae para las quebradas y ríos, además, para su salud.

Se desplazan en las noches y las madrugadas, y se lanzan a la aventura de galafardeo en terrenos que actualmente son privados y en los cuales, argumenta Elkin, se ha practicado la minería desde hace más de 400 años. “Las autoridades dicen que somos ladrones, pero no es así. Es nuestra tierra. ¿Acaso las multinacionales no hacen lo mismo? Y las cuida el Estado”, añade.

Sentado junto a un grupo de amigos en la esquina del parque del pueblo, lugar que muestra imponente la escultura de un minero, que como el juez del tiempo pareciera señalar la polisemia del mineral, esa mezcla entre tragedia y prosperidad, entre riqueza y pobreza, que marca el destino de los pueblos alrededor oro, los jóvenes compran empanadas y gaseosas.

Son bromistas. Se comunican con solo mirarse. Evaden las preguntas. Aseguran que son un pueblo olvidado, y que dicho olvido los ha llevado a ser actores activos dentro de su comunidad. Algunos comentan que tienen hijos, que viven con sus novias desde adolescentes y que sus familias se pueden morir de hambre si no van a trabajar a las minas.

Tratan de ocultar sus manos ásperas y manchadas dentro de las chaquetas y los guantes para el frío, y no dicen nada sobre su actividad clandestina. “Ganamos para la comida, no nos hacemos ricos como dicen muchos”, añade Elkin.

Al preguntarles qué ha pasado con la oferta laboral de las multinacionales, si han pedido trabajo, si les interesa formalizarse, si son galafardos, ninguno responde. “No tenemos experiencia. No nos dan trabajo. Los contratistas y las grandes mineras siempre traen gente de afuera. Dicen que los de California no les servimos”, comenta este minero informal.

De las 129.743 hectáreas del Páramo de Santurbán, 98.954 (76 %) fueron declaradas en 2014 como franja protegida por parte del Ministerio de Ambiente. La medido cobijó el territorio de California, Vetas, Suratá, Charta y Tona, en los que no se pude adelantar explotación minera a gran escala. /FOTO XIOMARA MONTAÑEZ
De las 129.743 hectáreas del Páramo de Santurbán, 98.954 (76 %) fueron declaradas en 2014 como franja protegida por parte del Ministerio de Ambiente. La medido cobijó el territorio de California, Vetas, Suratá, Charta y Tona, en los que no se pude adelantar explotación minera a gran escala. /FOTO XIOMARA MONTAÑEZ

¿Es viable la agricultura?
Poco a poco Isabel Caicedo organiza la venta de verduras en una de las esquinas del parque. Comenta que proviene del municipio de Charta y cada semana oferta, entre muchos productos, tomate de árbol, lulo, cebollas, arvejas, papa y fríjol que comprar a mayoristas en Centroabastos. “A veces paro en algunas fincas cercanas a mi pueblo y compro algunas cosas para la venta, pero es mejor ir hasta Bucaramanga. A la gente de California no le gusta cultivar. Muchas cosas que vendo se pueden producir acá, pero están emocionados con la minería”, asegura esta vendedora que completa nueve años de labores en este lugar.

A la conversación con Caicedo se une Ninfa Valbuena, quien es californiana y habita en dicho municipio, pero tiene un negocio en la capital santandereana que le da su sustento. “Los jóvenes se van para el río, barequean un rato. Dicen que por un gramo les dan como 100 mil pesos. El campo no les gusta”, explica.

Al referirse a las oportunidades en materia de agricultura, esta mujer de 51 años no es optimista. Cuenta que al terminar su bachillerato convenció a su familia para ir a estudiar a Bucaramanga y formarse como tecnóloga agrícola, para luego regresar y apostarle al campo.

Sin embargo, “no conseguí y aún no se consigue mano de obra para las huertas. Han surgido algunos programas patrocinados por mineras que se quedan en el papel, porque la población tampoco presiona”, explica. “Si se recorren veredas como Cerrillos y Pantanos se encuentran algunos cultivos trabajados por abuelos. Su estado de salud no les da para sacar productos en cantidades”, añade la comerciante.

Hace una década, por iniciativa de la alcaldía, se consolidó un mercado campesino en el parque del municipio que contaba con 30 puestos, narran Caicedo y Valbuena. “Se conseguía de todo, leche, carne, verduras, frutas… Finalmente se acabó. Solo yo sobreviví, y eso que me querían sacar”, cuenta la vendedora.

Para ambas el Estado debería intervenir, pues aseguran, no solo es responsabilidad de las mineras o de la población, pero “somos paternalistas. La gente solo quiere ganar plata con la minería. Dicen muchas veces que estamos parados sobre el oro”, afirma Valbuena.

Al preguntarle a Elkin y a su grupo de compañeros sobre si ven viable la agricultura en el municipio y si podría ser una alternativa distinta a la minería, comentan que no están de acuerdo. “No sabemos de agricultura. La solución es que le dejen la minería al pueblo y que las multinacionales se vayan”, dicen el californiano.

Elkin asegura que después de terminar sus estudios de bachillerato se dedicó a trabajar en la minería. /FOTO XIOMARA MONTAÑEZ
Elkin asegura que después de terminar sus estudios de bachillerato
se dedicó a trabajar en la minería. /FOTO XIOMARA MONTAÑEZ

El ecoturismo, ¿una opción?
Juan Guerrero, músico californiano, que ha liderado a través del arte alternativas que incentiven a niños y jóvenes en la escogencia de opciones distintas a la minería, asegura que California tiene mucho potencial en materia ecoturística. “Los paisajes, el agua pura, las caminatas ecológicas, la naturaleza, son muchas cosas las que podemos mostrar a los visitantes”, comenta Guerrero.

El tema ha calado en algunos pobladores que organizan planes y llevan cada fin de semana a un número reducido de visitantes desde Bucaramanga, especialmente. En dichos paquetes turísticos, cuyo costo alcanza los $75 mil, se ofrecen recorridos hasta el santuario de Pocito de San Antonio de Padua, conocido como un lugar de peregrinación, la visita a ciertas lagunas del páramo de Santurbán, incluso, el recorrido por socavones clausurados, y alimentación.

Una caseta ubicada en el parque ofrece la información y entrega folletos que describen los planes. Sin embargo, la majestuosidad del paisaje y lo atractivo del plan desmotiva a los visitantes al transitar el mal estado en el que se encuentra las vías de acceso a California, y a otros municipios que también quieren apostarle a crecer sin minería: Matanza, Suratá y Vetas.

Pese al amor que siente por su región, Guerrero reconoce que no todo es color de rosa. “Aquí hay agua, hay oro, los paisajes son bonitos, hay buenas personas, hay mucho por hacer, como el turismo, pero sin vías no se puede. Duele reconocerlo, pero es una provincia abandonada por el Estado”.

Rodolfo Gamboa Suárez considera que ni el turismo ni la agricultura podrán desplazar la minería si no se da una inversión económica significativa y si no se conserva el medioambiente. “La minería ilegal no tiene orden, no la legalizan. Los ambientalistas tienen razón: la contaminación es para las aguas que surten a Bucaramanga. No podemos negarlo, desde aquí sí se contamina el agua”, dice el tendero.

Para él, el incumplimiento de las promesas hechas por los mandatarios locales, el Gobierno nacional y las mineras han convertido a los californianos en incrédulos. “Es difícil salir adelante sin minería. El Estado no ayuda. Todo se ha ido en estudios y la minería multinacional, pero no hacen nada”.

Isabel Caicedo y Ninfa Valbuena en la venta de mercado que cada fin de semana se abre en la esquina del parque principal del municipio. /FOTO XIOMARA MONTAÑEZ
Isabel Caicedo y Ninfa Valbuena en la venta de mercado que cada fin de semana se abre en la esquina del parque principal del municipio. /FOTO XIOMARA MONTAÑEZ

La tradición frente a la realidad
El Plan de Desarrollo del departamento (“Santander Nos Une” 2016 – 2019) identificó 16 problemas que “requieren visibilización y reconocimiento en la agenda pública con acciones preventivas que eviten un escenario no deseado”. En dicho listado, se evidencia la vulnerabilidad de los proyectos de interés nacional, como son la minería (problema número 5), y las tensiones que genera la minería y las áreas protegidas (problema número 10).

En dicho plan también se vislumbra la implementación de la Política Pública Minero Energética para el Departamento de Santander que se traduce en “implementar el uso de buenas prácticas para el mejoramiento de la productividad de la actividad minera”, para lograr altos estándares en procesos como la extracción y tecnificación de minerales, entre los que se encuentra el oro.

Sumado a lo anterior, el gobierno departamental espera que a 2019 se adelante la legalización de la pequeña minería, a través de “convenios interadministrativos con el Ministerio de Minas y Energía, e impulsar el turismo como alternativa económica” para municipios como los de Soto Norte. Además, “convertir las actividades mineras en una fuente productiva sustentable, respetuosa con el medio ambiente y beneficiosa para la sociedad y el Estado”.

Pero, ¿es esto lo que en realidad quieren los habitantes de California? ¿Suplen las acciones mencionadas las necesidades de los pobladores? Si se piensa en el turismo como alternativa, ¿por qué no se arreglan las vías? ¿Cómo pasar de la minería ilegal a la legal, sin contaminar el medioambiente y sin la intervención de multinacionales extranjeras? ¿Existe la infraestructura y el conocimiento necesario en Colombia para sacar el oro de las minas y no acabar con el medioambiente?

Muchos interrogantes pueden incluso no tener una respuesta. Por ahora, como cuentan Rodolfo Gamboa Suárez, Ninfa Valbuena, Juan Guerrero y Elkin, la Secretaria de Desarrollo de Santander, apoyados por la minera Minesa (antigua AUX que ahora es de propiedad los árabes), han difundido proyectos sociales enfocados en el emprendimiento, pero, como aseguran, estos planes “no han visto la luz”.

Tras conocerse el mencionado fallo de la Corte Constitucional en 2016, el gobernador Didier Tavera Amado solicitó al Gobierno la aplicación de un plan para mitigar el impacto que dicha decisión causó en la población. Expresó que cambiar el modelo económico de la región es a través de un Conpes, que permita hacer inversión en vías y generen trabajo. “Si bien el deber del Estado es garantizar la vida de los ciudadanos y la protección del medioambiente, no podemos desconocer que necesitan alternativas económicas para subsistir”, comentó Tavera Amado.

Rodolfo Gamboa Suárez, tendero. /FOTO XIOMARA MONTAÑEZ
Rodolfo Gamboa Suárez, tendero. /FOTO XIOMARA MONTAÑEZ

Por su parte, Edwin Esteban Pulido, vocero de los pequeños mineros en la provincia de Soto Norte, insiste en que se debe mirar cuanto antes hacía la producción agrícola y ganadera, que son alternativas válidas, teniendo en cuenta que en municipios vecinos a California como Suratá, existen campesinos que se dedican a la siembra de lulo y tomate árbol, y a la cría de ganado y los lácteos.

“Necesitamos apoyo del Gobierno para aumentar la producción agrícola. Las familias están generando economía para su subsistencia, más no para tener una calidad de vida. La relación comercial con los municipios vecinos es buena, pero tampoco es que satisfaga las necesidades de los municipios, porque la mayoría de productos se venden a Bucaramanga”, concluye este líder de la comunidad.

Por Xiomara K. Montañez M.
xmontanez@unab.edu.co

Universidad Autónoma de Bucaramanga
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