William Ospina y la educación

William Ospina y la educación

El escritor colombiano repasa los retos inmediatos de la educación en su compilación de ensayo titulada “La lámpara maravillosa”. Además, reflexiona sobre el papel de los medios de comunicación y el de los docentes en la formación.

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El escritor colombiano William Ospina. /FOTO TOMADA DE INTERNET

William Ospina es uno de los escritores más aclamados de la literatura colombiana. Sus obras, de novela, ensayo y poesía, son el reflejo de una escritura magistral y profunda, y de un pensamiento claro, reflexivo y crítico. Gracias a su estilo de narrar y escribir, es fácil aceptar que cuando encontramos uno de sus libros y empezamos su lectura, no queda más que continuar hasta la última página. Como pensador, se ha acercado a reflexionar sobre temas históricos, sociales y educativos; y en estos tres ámbitos sus opiniones han aportado a la interpretación y comprensión de la realidad colombiana. Por esto, no es de extrañar que en su historial posea varios premios nacionales e internacionales que dan cuenta de su labor.

Hace algunos años Ospina publicó, con la Editorial Random House, un conjunto de ensayos que aparecieron con el nombre de “La lámpara maravillosa”. En este libro, el autor centra su interés en la educación y plantea algunas de sus ideas en torno a ella. En sus páginas, entiende que la educación es uno de los pilares necesarios para mejorar nuestra calidad de vida y para construir una sociedad más cívica y al mismo tiempo más crítica y humana.

El autor pone en evidencia su preocupación por la manipulación perjudicial de nuevos actores en la educación de nuestra sociedad. Critica, por ejemplo, el uso y la influencia de los medios de comunicación en la educación colombiana. Para él, los medios de comunicación han acercado la información al público con propósitos tan frívolos que pocas veces se interesan por mostrar un análisis imparcial de su contenido.

Además, quienes están frente a una pantalla no asumen con un pensamiento crítico las realidades que allí se presentan. Entonces, se configuran y representan algunos “ídolos” o “héroes” que determinan patrones de conducta, los cuales pocas veces son propenden por el respeto, la cordialidad, la pasión de crear y la búsqueda de la verdad.

Por estos motivos, el autor se interroga sobre la educación actual y su función humanizante: ¿educamos para ser “competitivos” sin que importe pasar por encima de otros? ¿Educar es saber un sinnúmero de conocimientos que carecen de una interpretación crítica y contextualizada? ¿Cómo podemos superar el hecho de que la educación se haya convertido en un negocio y retome sus propósitos filosóficos, éticos, ambientales y ciudadanos?

Durante la lectura atenta de sus ensayos, no encontramos respuestas certeras y radicales a estas preguntas. No es este el fin de sus escritos, ni debe ser el de la educación. Como él mismo afirma “la educación no debe consistir tanto en llenarnos de certezas como en orientar y alimentar nuestras búsquedas”. A partir de esto, se debe tener en cuenta que es la escuela la encargada de guiar y enseñar a realizar esta búsqueda. No obstante, presenta una aclaración a todas luces muy interesante y pertinente: el mundo es en cierto modo la escuela; lo que nos lleva a pensar que la escuela está en todas partes y, por tanto, todos somos maestros y estudiantes.

En suma, todos tenemos la capacidad de aprender y la capacidad de enseñar; todos podemos mostrar y demostrar cómo aprendimos y cómo enseñamos. Y según Ospina dichas habilidades las podemos llevar a cabo gracias al lenguaje. La educación es buena si logramos, por medio del lenguaje, demostrar nuestros valores, destrezas y conocimientos; si adquirimos un estilo personal, que logre originalidad en nuestra manera de pensar y expresar el mundo.

Así pues, el autor entiende que es indispensable reconocer que como seres humanos nos expresamos con la palabra y con el cuerpo. Si bien con la palabra podemos archivar el pasado, construir un discurso u organizar una disciplina, con el cuerpo manifestamos nuestras maneras de sentirlo todo. Aprendemos y enseñamos con libros, con charlas, con el verbo, pero también lo hacemos con el ritmo de nuestros cuerpos, con el movimiento de nuestras manos y con cada uno de nuestros gestos.

En el último ensayo el autor elogia la lectura y el libro. Sobre este último, defiende el hábito y el placer de acariciarlo con la gracia y delicadeza del niño que ha elegido cuál será el juguete que amará y recordará por siempre. Sin duda, los libros son memoria, son canto, son pensamientos que oímos al oído y de los cuales no olvidamos tan fácilmente su secreto. William Ospina ha escrito para encantarnos, para ayudarnos a labrar nuestras propias ideas del mundo; hay que leerlo para descubrir cuáles son sus secretos.

Por Julián Mauricio Pérez G*
jperez135@unab.edu.co
*Docente del Programa de literatura virtual de la UNAB.

Universidad Autónoma de Bucaramanga
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