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No más almuerzos perturbados

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Marcha por la paz en la que participaron los estudiantes de Bucaramanga. /FOTO ALEJANDRO MENESES

Curso sexto semestre del programa de Artes Audiovisuales en la Universidad Autónoma de Bucaramanga, Unab. En este periodo he conocido a varios amigos y compañeros. En general, puedo decir que todos son buenas personas, la mayoría “todo bien”. Sin embargo, gran parte de ellos o para ser más exacto un ochenta por ciento desconoce los asuntos políticos del país.

¡Auxilio! Pienso cuando los escucho en clase, o peor aún cuando ni los escucho. También los entiendo porque hablar de política en Colombia es hablar de corrupción e injusticias. A pesar de esto, el veinte por ciento de estudiantes que sabemos que no podemos ignorar estos temas estamos en el deber de hacer que los demás se enteren que como estudiantes podemos actuar en contra de aquellas injusticias que vivimos, pero, ¿cómo podríamos actuar? Por medio de las formas de participación democrática que ofrece nuestra Constitución.

Recuerdo que era un niño tranquilo y ordenado. Tenía la piel más clara y el cabello más corto. Odiaba el corte de pelo que mi madre amaba: el hongo. La política no me interesaba en lo más mínimo, ni si quiera sabía el significado de la palabra, pero aún así estaba rodeado de ella. Vivía feliz hasta que llegaba la hora del almuerzo y escuchaba las noticias en el radio de mis abuelos. Desde ese entonces comencé a saber de política.

Política, en ese radio, equivalía a que ellos se enfurecían todo el tiempo: “corrupto miserable, guerrillero, ‘paraco’, ladrón, ateo y marica” eran algunas de las palabras que escuchaba de mi abuela furibunda cuando hablaban de algún político. Para mí era muy molesto almorzar con el radio encendido, pero gracias a eso entiendo que hoy para algunos de mis amigos y compañeros universitarios hablar de política sea lo último que les interesa. Cuando entré a estudiar Ingeniería Eléctrica en la Universidad Industrial de Santander (UIS), aprendí más de política que de la misma carrera, pues compartía con estudiantes que tenían en su frente la palabra “revolución”.

Si usted es colombiano y conoce alguna universidad pública, entenderá que el tipo de “revolución” que practicaba junto con mis compañeros no era la más razonable; era un poco violenta (claro que solo hablo de mis compañeros, no todos en la UIS tienen este comportamiento). De todas formas estoy agradecido con la universidad pública: un espacio grato, en donde el sentido de universidad se vive con fuerza y alegría.

Entendí que la ingeniería eléctrica no se llevaba bien conmigo y que tal vez podría hacer “revolución” desde las artes, así que me mudé a la Unab. Aquí, como mencioné al principio del texto, he conocido buenas personas, tanto estudiantes como profesores, y por ellos entiendo que se puede hacer revolución de forma pacífica como universitario.

Una forma de hacerlo es usar los mecanismos de participación. Estos mecanismos están plasmados en el artículo 103 de la Constitución Política de Colombia de 1991. Hace 59 años cuando estos mecanismos no existían, se instauró por primera vez en la historia colombiana el uso de un plebiscito. Los colombianos ejercieron participación política en una constitución diseñada para una democracia representativa.

Les diré a mis compañeros que desde 1991 Colombia tiene una Constitución diseñada para una democracia participativa y que en 1994 se estableció la Ley 134 que regula los mecanismos de participación del pueblo: como la iniciativa popular legislativa y normativa, el referendo, la consulta popular, la revocatoria del mandato, el plebiscito y el cabildo abierto. En la Ley 134 también se expone la forma como debemos tramitar estos seis mecanismos para hacerlos efectivos.

Mi llamado a la comunidad estudiantil de la Unab y de la ciudad es a que nos demos cuenta que la Constitución nos brinda la oportunidad de unirnos como estudiantes para participar de forma pacífica en contra de esas injusticias que tanto hemos escuchado como colombianos.

No ignoremos las circunstancias porque todos somos ciudadanos y tenemos derecho a vivir en un país alejado de injusticia y corrupción. Por esto, seguiré almorzando con el radio de mis abuelos prendido, pero espero que algún día mis exclamaciones no sean las mismas de mi abuela.

Por Rafael Andrés Salazar M.*
*Ganador del Concurso “Ensayos breves y cívicos”, organizado por el Departamento de Estudios Sociohumanísticos, UNAB. Categoría: estudiantes de sexto a décimo semestre. Estudiante de sexto semestre del programa de Artes Audiovisuales

Universidad Autónoma de Bucaramanga
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