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Doce segundos para conocer historias

Dos ascensores llevan al último piso de un centro comercial de Bucaramanga donde hay discotecas y un bar. En las noches se necesitan operadores que opriman los botones para evitar que la gente se baje en otros niveles.

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Jhon Sanabria: Para pasar la noche más rápido, bromea constantemente con los que trabajan en el bar y los vigilantes del centro comercial. / FOTO FELIPE ARENAS GALLO

En el último piso del Centro Comercial Cabecera Cuarta Etapa se encuentra, entre otros establecimientos, un bar y dos discotecas. A partir de las nueve de la noche, los almacenes comienzan a cerrar, los empleados salen del lugar y las luces se apagan. El segundo y el quinto nivel quedan habilitados. En el segundo únicamente funciona el casino. En el quinto, hasta las cuatro de la mañana abren las discotecas y hasta las dos el bar.

El centro comercial, para evitar que la gente ingrese a cualquier otro piso, le exige a los establecimientos nocturnos que contraten un ascensorista. Su única función es oprimir un par de botones que llevarán a las personas a las apuestas, a beber licor o a bailar. Existen elevadores más modernos que no requieren un operario, se pueden programar para que a cierta hora se bloqueen unos niveles.

En el caso de los que hay en el centro comercial, no se puede. Es posible hacer que se mueva entre dos pisos, pero en esta ocasión, es necesario que se detenga en tres, por esta razón, un ascensorista es obligatorio. La única entrada a Cuarta Etapa es por el sótano. Hay que bajar una rampa por donde ingresan y salen los vehículos del parqueadero.

El terreno es tan inclinado que resulta un reto para las mujeres que llegan con tacones para una noche de fiesta, su única alternativa es caminar apoyada de alguien o con precaución para no ser una de las que termina en el suelo haciendo el primer “oso” de la rumba. Una vez las personas superan la rampa, deben dirigirse a los ascensores.

Hay dos disponibles todas las noches. El calor del lugar genera que todos muevan sus manos agitadas para crear una brisa que les evite sudar. Por suerte, la demora no es mucha, entre el quinto piso y el sótano, se tardan doce segundos, tanto subiendo como bajando. Sorpresivamente para algunos, hay un personaje en una silla que les da la bienvenida y pregunta si se dirigen al casino o a la discoteca. La primera opción es menos concurrida.

Jhon Nicolás Sanabria Céspedes, el ascensorista más veterano entre cuatro que realizan este oficio, con tan solo seis meses de experiencia, pregunta, casi de forma retórica: ¿Todos van para el quinto? Los escenarios al interior del lugar son varios. El ascensor se puede llenar de un silencio ensordecedor durante esos doce segundos. Es posible escuchar una pequeña parte de historias que grupos entran contando.

Todos, casi de forma silente, sacan sus celulares y el tecleo se apodera del espacio. Mujeres y hombres ansiosos de saber quién estará en las discotecas y cómo resultará su noche. Se puede ver de todo como dice Sanabria, durante ese fragmento tan corto de tiempo, se alcanza a conocer un micro mundo o micro historias. Jhon Nicolás Sanabria Céspedes es un moreno con unos churcos cortos y bien hechos. Su forma de hablar es rápida y sus ideas cortas.

Trabaja hace siete años, entre semana en horas del día, en una empresa metalúrgica. Por el contacto de un amigo, entró a trabajar como ascensorista. Viernes y sábado en las noches, en vez de gastar dinero en fiesta, prefiere ganarlo detrás de la rumba. Los jefes de Sanabria son los administradores del bar, no tiene un contrato formal pues es más “palabreado”, como dice él. La noche que trabaje recibe 35 mil pesos, entra a las 9:30 p.m. y sale a las 2 a.m., en ese tiempo no sabe calcular cuántas veces debe subir y bajar entre el quinto piso y el sótano.

Para cambiar de ambiente de vez en cuando sale del ascensor, se fuma un cigarrillo y vuelve a retomar su oficio. El Departamento Administrativo Nacional de Estadística, Dane, registró 550.000 trabajadores en Bucaramanga durante el primer trimestre de 2017. El 55,8%, equivalente a 307.000 personas, son informales. Jhon Sanabria, a pesar de tener un contrato fijo en la empresa metalúrgica, también hace parte de la informalidad con su oficio como ascensorista. Ya reconoce rostros que son clientes frecuentes de las discotecas, esto ha hecho que descubra infidelidades o escenas particulares.

Una noche vio entrar a una joven vestida para ir de fiesta. Le calcula uno 25 años. Inicialmente entró con un hombre, se besaron en frente de él. Pasó una hora y bajó con otro tipo diferente, nuevamente lo besó apasionadamente dentro del ascensor y finalmente, cuando volvió a subir iba con un tercer personaje con quien también se besó.

David Duarte: “Al principio el silencio era incómodo, después uno se acostumbra y ya
es normal”, dice David Duarte Alba. / FOTO FELIPE ARENAS GALLO

Cuando el ascensorista se iba para su casa, la vio irse, cogida de la mano, con el joven que llegó inicialmente con ella. “Uno ve de todo”, repite seguido Sanabria mientras se ríe. Tanto hombres como mujeres que ya lo reconocen, le preguntan seguido si ha visto por ahí a sus respectivas parejas, el ascensorista todo lo ve pero nada lo dice, de esta manera admite que se evita cualquier problema.

Es un trabajo sencillo según reconoce él, no le exige demasiado esfuerzo pero sí paciencia. “No hacer nada” es más complicado que hacer mucho. En ocasiones resulta desesperante y sofocante estar metido en ese reducido espacio durante toda una noche, el cigarrillo que se fuma es un respiro que se da para continuar con su rutina. Procura tener ropa fresca pues el calor del elevador es alto.

A pesar de todo, disfruta su trabajo, le parece divertido ver cómo la gente llega completamente arreglada y tranquila para la fiesta, y sale, en ocasiones, borracha o eufórica con intenciones de que no se apague la rumba. Recuerda una noche en la que una joven de aproximadamente 20 años entró al ascensor, lo saludó y se fue al fondo del espacio. Cuando llegó al sótano todos se bajaron menos la chica. Se sentó en el suelo y rompió a llorar. Sanabria no sabía qué hacer, intentó hablarle pero no escuchaba.

El elevador seguía subiendo y bajando personas y las mujer continuaba en el suelo llorando. Todo el que entraba la veía y se preocupaban, pero en esos doce segundos que compartían espacio no podían hacer nada. Pasaron casi 15 minutos hasta que se limpió el rostro, se levantó y salió del lugar. Uno ve de todo, vuelve a decir un poco más reflexivo esta vez. Sanabria trabaja todos los viernes en el ascensor.

Los sábados cada quince días aproximadamente, cuando no está en el elevador trabaja en la logística del bar. Entre semana vuelve a su rutina en la empresa metalúrgica y cuando le preguntan qué hace las noches de los fines de semana, explica que es ascensorista en un centro comercial. La reacción siempre es la misma, la gente curiosa pide que les cuente anécdotas.

El otro ascensor de Cuarta Etapa es operado por diferentes personas que sí tienen un contrato laboral fijo con una empresa de logística. Las discotecas son las encargadas de pagar por este operario. Cada ocho días envían a alguien para que desempeñe este oficio, es raro encontrar a la misma persona varias veces, pero a David Duarte Alba ya le ha tocado cuatro sábados seguidos.

Duarte es alto, cabello corto y un tipo musculoso. Tiene el perfil físico de las personas que requisan y piden cédula al ingreso de las discotecas. Es serio, su voz es ronca y habla con pereza. Sus noches en el ascensor se le hacen eternas, prefiere estar en el lugar de la fiesta. Entre semana, estudia ingeniería civil en las noches en la Universidad de Investigación y Desarrollo (Udi).

Está terminando primer semestre. Recuerda la primera noche como ascensorista. Sentía que pasaban horas y cuando miraba su reloj tan solo 20 minutos habían transcurrido. Diferente a Sanabria, Duarte no puede salir del ascensor para fumarse un cigarrillo. Debe estar siempre pendiente de oprimir los botones adecuados para los niveles habilitados.

Si alguien se baja en un piso diferente, puede perder su trabajo. Con solo cuatro noches en el oficio no ha presenciado tantas historias como su compañero del otro ascensor. Pero está de acuerdo en que en los doce segundos que comparte el reducido espacio con alguien, alcanza a tener percepciones de cómo es la vida o qué estado anímico tienen los que se suben en su elevador.

 

Por Felipe Arenas Gallo

farenas828@unab.edu.co

Universidad Autónoma de Bucaramanga
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