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Puesto de trabajo N° 12 de Salomón Sierra en el módulo 2 del parque Santander de Bucaramanga. / FOTO DANIELA CONDE

Entre ruido, gente y palabras transcurre parte de su tiempo, un aliado del cuero, el tacón y las botas. Con sus dos extremidades que le dan el poderoso agarre y también le permiten manipular todos los elementos que necesita con precisión, se dedica a dar vida a cada par de zapatos que como un amigo fiel los cuida y los hace lucir como nuevos.

En el parque Santander, entre las calles 35 y 36 con carreras 19 y 20 de Bucaramanga, se reúnen todos los días 18 hombres de la asociación “Lustrabotas” y seis más que son independientes, sacan brillo sin cesar, una capacidad constante que hacen hasta reflejar la luna en los zapatos de todos los que caminan por allí y desean andar con su calzado brillante hacia sus destinos. Una actividad que no incluye descanso, comida y familia pero, que lleva consigo una vocación que permanece intacta cada día desde que estos seres abren los ojos para ir a laborar.

Antes de salir el sol, exactamente a las 4:30 de la mañana, Otoniel Díaz Díaz se levanta de su cama a escuchar en su televisor la misa del padre Linero y se consagra a Dios para que le vaya bien en su diario. Después, mientras desayuna ve el noticiero para estar enterado de lo que sucede en el mundo para poder hablar de esto con sus compañeros. Luego, Todos pasan sin saludar, nadie quiere hablar con nadie, pues están encerrados en su propio mundo, algunos dan pasos con desconfianza, pero en el punto en el que se ubican los lustrabotas se crean espacios para la comunicación. Se baña y finalmente se dirige a su sitio de trabajo. Desde las 8:00 a.m. que llega a su puesto N° 6 de uno de los dos módulos está pendiente de cada persona que pasa, observa a los transeúntes y ofrece sus servicios en este oficio, que tuvo su origen a finales del siglo XIX en las grandes urbes del Reino Unido.

Este hombre, oriundo del pueblito pesebre, Oiba, Santander, se ha dedicado a ser lustrabotas desde mediados de los años 80. “Salí del servicio militar y mi única fuente de empleo fue esta porque por el estudio no pude conseguir una buena ocupación”. Aunque dicha tarea no requiera tanta habilidad, poco a poco, fue desarrollando ciertas capacidades, “pues esto uno mirando aprende, observando a un compañero trabajar pues yo aprendí a hacer lo mismo”.

El valor del trabajo

A pesar de que en la sociedad actual sean pocos los que lleven sus zapatos limpios a todas partes para Wilson Muñoz, quien desde hace 28 años dedica su tiempo a este trabajo y ahora es presidente de la asociación “Lustrabotas”, es importante llevar los zapatos limpios a todas partes: “Eso hace la presencia de la persona así sea hombre o mujer y la elegancia es andar bien lustrado, para llegar a cualquier sitio porque lo primero que le miran a usted es la imagen conforme vaya vestido, y sobre todo el calzado”.

Wilson Muñoz, presidente de la asociación “Lustrabotas” en el parque Santander. / FOTO DANIELA CONDE

Es un oficio poco apreciado, pero ellos prestan un servicio y utilidad importante a la sociedad que además de no ser prestigioso para personas como Díaz significa “un trabajo bueno y excelente, porque de aquí nacieron mis hijos, ellos estudiaron, y salieron adelante. Llegaron a este mundo y de esto se criaron, el fruto para sembrar un buen futuro en mis hijos… Yo no me avergüenzo de ser lustrabotas”, por esta razón se convierte en un motivo para estar cada día agradecido con la vida porque ha sido el sustento todo este tiempo y vive orgulloso de lo que hace.

Durante el diario lo más bajo que ganan son $30 mil, que al fin de cuentas es un dinero que queda solo para ellos pero, de ahí tienen que dividir entre los elementos que necesitan y las comidas. Entre lo más pedido aparte de las lustradas que valen $2.500 o $3.000 están la pintada por $10 ó $15 mil y una cosida por un costo de $10 que depende del consumidor.

El usuario promedio se encuentra entre personas del común que van de paso, pero también abogados, ingenieros y hasta gente del campo o foráneos que asisten al parque únicamente a lustrarse. Salomón Sierra Suárez, un señor de 66 años quien desde antes de cumplir los 16 aprendió arreglando sandalias en el barrio, recalca: “Cuando son clientes fijos se les cobra más barato y una persona que uno no conozca, un poquito más, ya que no son clientes que lleguen todos los días, es de paso y cuando uno ya tiene un usuario fijo le baja el precio para que siga viniendo”.

Arreglan desde bolsos hasta cualquier tipo de zapatos: botas, tacones, tenis y sandalias pues ellos siempre tienen solución ante el sinfín de daños que pueda tener el calzado. El valor del arreglo depende del esfuerzo y del estado, ya que hay trabajos que valen $4.000 y otros que implican más dedicación y reparación cuestan alrededor de $30.000 o $40.000, un dinero que como fácil llega en determinado momento puede dejarlos con los bolsillos vacíos, porque muchas de las botas llegan totalmente deterioradas y no hay vuelta atrás.

A pesar de no recibir una buena retribución, ellos son felices. Sierra (un hombre alegre, de bigote gris que lleva más de 10 años trabajando) dice: “Nosotros debemos regalarle una sonrisa al cliente, estar prestos siempre y si se le puede dar un tinto se le da como cortesía o ellos se lo obsequian a uno como un regalo” y como también hay días buenos ellos viven siempre agradecidos, “me voy con lo que Dios me socorre, a veces gana uno bueno pero a veces también se baja el trabajo”.

El proceso

No es ningún tipo de ritual y desde que el cliente se sienta el tiempo corre, alrededor 15-20 minutos con actitud positiva se dispone a ejercer cada paso del procedimiento para la lustrada, un mecanismo que lleva impregnado un trabajo de corazón.

Todo empieza con la limpieza del zapato con agua, seguidamente se procede a secar con un trapo limpio, luego se desmancha con varsol para ablandar la pasta de las anteriores lustradas y después se le aplica el betún como el elemento principal para asegurar un buen trabajo. Si el zapato requiere betún se esparce por toda la superficie y si es necesaria la crema se limpia, se lava con champú y se le aplica la crema.

Después se procede a fregar con el cepillo, posteriormente se limpia con un trapo y luego entre muchos movimientos y frotadas viene la pulida, ya que el zapato así toma el brillo para que quede resplandeciente con el sol.

Un entretenimiento

Aparte de tener un enfoque solo en lustradas, existe una ventaja en este oficio y es una bendición para ellos poder hacer tantas cosas al mismo tiempo, “hay trabajito, cuando uno no está haciendo una cosita está haciendo otra”, por ejemplo para entregas a las 5:00 pm o al terminar su trabajo, “mientras estoy cosiendo en ese transcurso puedo ir haciendo las lustraditas que llegan bien”.

El lustrabotas Otoniel Díaz quien desde mediados de los años 80 ha ejercido esta labor. / FOTO DANIELA CONDE / FOTO DANIELA
CONDE

Aunque no son magos, ni mucho menos sabios, de todo tienen un poco de conocimiento: “Arreglamos el país, aquí hablamos de política, de guerra y de todo. Lo que usted pregunte nosotros le respondemos”, es ahí donde las “emboladas” como muchos les llaman, se transforman en una excusa para dialogar con cada uno de sus clientes, enterarse acerca de la situación del mundo y entre todas las cosas para evitar el aburrimiento que como bien dice Otoniel, “Uno ocupadito se divierte, está entretenido, tiene la mente en lo que está haciendo”, mientras ocurre el intercambio de pensamientos.

Los lustrabotas afirman que la competencia no existe, estas personas conviven en armonía, la relación entre compañeros en un mismo espacio es muy solidaria. “Aquí uno puede salir a hacer alguna diligencia y no hay necesidad de recoger nada, no se le pierde nada, los compañeros le ayudan a cuidar a uno”.

Una de las herramientas indispensables para atender a los clientes es esa silla de madera con acolchado de espuma, un cómodo mueble que brinda la buena atención a la gente que los visitan. Otoniel Díaz empezó desde una silla pequeña que adquirió a través de sus propios medios: “La sillita que compré me la cambiaron por esta porque nosotros estuvimos en unas capacitaciones en el Sena, entonces teníamos que ir por obligación para podernos ganar esta casetica y el cambio de sillas”, en donde aprendió nuevas técnicas que le permitieron afiliarse a la asociación “Lustrabotas” y que además gracias a que son parte de esta entidad no pagan ni un solo peso por el espacio, no pagan ningún impuesto y se encuentran respaldados por la Gobernación y la Alcaldía.

La suerte juega un papel importante en el transcurso de esta labor, ya que ante la situación del país ha bajado poco a poco el número de clientes, para ellos hay días tan pesados como también desiertos, pero a pesar de eso con tal de conseguir algo en el día hay trabajadores a los que los llaman, tienen clientela y ellos acuden a la casa y realizan su misión.

En su cajón de lustrar conserva toda su experiencia, guarda los trapos, el cepillo y el betún, su alegría de vivir, muchas historias, el odio de un sentimiento del pasado y el afán de un futuro incierto como considera Salomón Sierra: “Cuando uno está solo empieza a irse la mente lejos, pensar en cosas que han pasado… porque uno no puede pensar en el pasado ni en el futuro porque eso solo lo sabe Dios, pero a nosotros siempre se nos mete esa goma de qué voy a hacer más adelante”.

Con sus expectativas y ganas de seguir en esta profesión la más grande aspiración es, “en el mundo lo que Dios quiera y aquí hasta el final, 100 años o más, así sea con un bastoncito, ya que la soledad es la que lo mata a uno, la soledad enferma”, concluye Salomón.

Por Carmen Daniela Conde R.
cconde464@unab.edu.co

Universidad Autónoma de Bucaramanga
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