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Jorge Casamá vende las manillas, collares y aretes que realiza con sus hijos. / FOTO FABIAN MORALES GOMÉZ

Los transeúntes los saludan, les pagan por sus servicios y los ven a diario. Sin embargo, guardan historias de vida que, como muchos colombianos, están ligadas a la violencia, el desempleo y la falta de oportunidades. Jorge Casamá, Casimiro Grimaldo Mantilla y José Luis Matos, lo apuestan todo.

Un café a la resistencia

El gris de su bigote y cabellos, sus contadas arrugas y cuerpo delgado dan cuenta de los 46 años de vida que tiene Casimiro Grimaldo, la mayoría vendiendo tintos y aromáticas en los alrededores de la Parroquia San Laureano, frente al parque García Rovira. Ahora anda con un carrito metálico en el que acomoda sus termos, vasos plásticos, cigarrillos, galletas y pan. Convive con los transeúntes, con otros vendedores y con extraños que de vez en cuando lo saludan o le hablan mal.

Antes tenía su caseta frente a la parroquia del parque, donde vendía hasta las 2 de la mañana, pero en 2007, luego de la caída de un árbol –que fue noticia regional–, pasó el susto de su vida y tuvo que convertir su venta en ambulante.

Se resistió al hecho. Nunca salió del sector. Como otros vendedores, prefirió desplazarse por la zona, hasta que fue desalojado en los operativos contra las ventas informales adelantados por la administración del exalcalde Luis Francisco Bohórquez Pedraza.

Casimiro Grimaldo
Mantilla vende
su tinto de manera
ambulante desde
que perdió su caseta
ubicada en
el parque García
Rovira. FOTO FABIAN MORALES GOMÉZ

En esa época tuvo que aferrarse al cambio. Lo que muchos no saben es que “el vendedor de tinto” luchó durante más de tres años para continuar con su negocio y sacar adelante a su familia.

Cuando sintió un respiro, la vida lo volvió a golpear. Grimaldo tuvo que llorar la muerte de su hijo de 26 años. De nuevo su vida y la de su familia estuvo expuesta a los medios locales, pues el también vendedor de dichas bebidas, y falleció luego de un ataque de abejas africanas, que se registró el 10 de abril de 2013, en el barrio La Joya. “Él estrelló su carro contra un panal. Tengo claro que si a él no lo hubieran perseguido por estar trabajando, estaría vivo”, cuenta.

Con la esperanza de ser reparado por el Estado, ya que instauró una demanda contra el municipio, se resiste a los embates de la vida y continúa alegrando las mañanas y las tardes de aquellos que encuentran en un vaso de tinto el aliento para continuar la jornada.

El arte ancestral, el sustento diario

Jorge Casamá Domicó es un indígena emberá de 70 años, de los cuales ha vivido siete en la capital santandereana. Es de baja estatura, piel morena, ojos y cabello negro, de hablar lento y sonriente.

Don Jorge, así le dicen algunos estudiantes y profesores que admiran y compran sus artesanías. Pocos conocen que él, que preferiría estar sembrando en el campo y compartiendo con sus descendientes, pero como miles de desplazados por la violencia tuvo que salir del alto Sinú, Córdoba, hace 20 años, luego se afrontar el asesinato de su primera esposa a manos de paramilitares de las Autodefensas de Córdoba y Urabá.

“También dijeron que había sido el Ejército. En todo caso mi mujer murió. ¿Qué gano con saberlo?”, expresa.

Ella se llamaba Marta Cecilia Domicó. Al morir dejó dos hijos, de 8 años y 3 meses de nacidos. Este último murió por inanición y la falta de su mamá. “Se me murió de hambre, no ve que yo no tenía teta. Se secó. No quiso pasar comida”, cuenta Domicó mientras acomoda las artesanías que vende frente a la Universidad Industrial de Santander (UIS).

Desde ese día Jorge ha pasado por varias ciudades. Neiva, Pasto, Cali, Putumayo y finalmente Bucaramanga, donde a diario consigue su sustento, el de sus siete hijos y su segunda mujer. Viven con lo justo; pagan luz, agua, gas y el colegio de los hijos. Dice que está cansado y le encantaría poder sembrar y criar animales, pero el miedo le impide regresar a su tierra natal, a su “propia tierra”.

Se mantiene gracias a la venta de aretes, collares y manillas que el mismo hace. Este arte es un saber ancestral que aprendió de sus mayores. “Me enseñaron mi abuela, mi papá y mi mamá. Viene de muy atrás. Eso no acaba”, asegura.

De dos a tres horas le toma elaborar cada prenda. Las venden entre 2 mil y 10 mil pesos, especialmente las pulseras. Las pecheras o collares son un poco más costosos, pero siempre se pueden negociar, como él comenta.

A las 6 de la mañana lo recibe la estatua del Bolívar Ecuestre, la cual le sirve para recostarse mientras llegan los compradores. También para descansar, pues el recorrido desde un asentamiento humano ubicado en inmediaciones de Bucarica (Floridablanca), en ocasiones lo deja exhausto.

El hábitat de ‘Chokoflow’

José Luis Matos conocido como “Chokoflow”, de cabello rizado y cuerpo menudo, es un habitante de calle que se ha ganado el afecto de los comerciantes del sector de Cuadra Picha (Cabecera), gracias a su sonrisa y colaboración.

Es un barranquillero de 21 años y su pasión es cantar rap. Se fue de su casa desde los 14 y como cuenta, fue a parar a Valledupar donde casi muere en las aguas del río Guatapurí, todo “porque no sabía nadar”, cuenta.

José Luis
Matos es
conocido como
‘Chocoflow’ entre los
comerciantes y personas que frecuentan
la zona de Cuadra Picha. FOTO FABIAN MORALES GOMÉZ

Viajó a Barrancabermeja donde conoció a un hombre que le dio trabajo, luego de ayudarlo. “Vi que venía un tipo en una moto, cogió un hueco y se cayó. Le ayudé a pararse e irse. Me dijo que si quería trabajo y acepté”.

El trabajo resultó no ser legal. Este sujeto introdujo a ‘Chokoflow’ en el mundo de la delincuencia y las drogas. Es así como empezó a robar y a fumarse sus primeros ‘porros’ de marihuana. Mientras cuida los carros, baja la mirada y recuerda su pasado con tristeza. “No quiero volver a eso, todos los días sueño con las caras de las personas a las que dañé. Por eso me vine, sin decir nada, para Bucaramanga”.

Llegó a la capital santandereana a los 17 años. En 2017 completó cuatro en esta ciudad ajena y hostil para él. No tiene una vivienda fija, pero dice vivir tranquilo. Encontró en los perros su mejor compañía: Nena y Niño. Ella es la luz de sus ojos. Asegura que ella cuenta con todas las vacunas a pesar de que lo que consigue a diario a duras penas le alcanza para su sustento. “A ella la cuido más que a mí”, expresa.

‘Chokoflow’ vive de cuidar carros por Cuadra Picha y Cabecera, de hacer mandados y de la caridad de la gente. Tiene su dormida fija en el andén de la discoteca Lupita, donde le guardan el colchón de algodón que consiguió para no pasar la noche en el duro piso. El frío le es llevadero solo si abraza a Nena en las madrugadas.

Hace año y medio, unos estudiantes le ayudaron a devolverse a Barranquilla con su perrita. Les dijo que deseaba regresar con sus abuelos y trabajar en el campo. A los tres meses regresó a Bucaramanga.

Al llegar a ‘La Arenosa’ no encontró lo que esperaba. Ansiaba su espacio, su libertad y el como asegura, allá no era tan útil como acá.

Por Fabián Morales Gómez
fmorales240@unab.edu.co

Universidad Autónoma de Bucaramanga
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