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Desde la universidad estuvo vinculada al activismo social en la lucha por sus derechos, donde sentía que se enfrentaba a un mini gobierno por la indiferencia y egoísmo de las personas. /FOTO DIEGO ALEJANDRO PARRA ARDILA

Mairene Tobón es una colombo-venezolana de 35 años. Nació en la ciudad de Maracaibo en la provincia de mismo nombre, la cual limita con el departamento de La Guajira. Llegó a Bucaramanga en enero de este año, luego de que su esposo ganase una estancia posdoctoral en la Universidad Industrial de Santander, UIS. Principalmente se dedica a los labores del hogar, pero continúa haciendo investigaciones de forma particular y pertenece a la fundación Entre Dos Tierras desde marzo.

Es licenciada en Educación Mención Ciencia y Tecnología, magíster en Informática Educativa y doctora en Ciencias Mención Gerencia. Actualmente está vinculada al Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, Unab, donde hace el trabajo de caracterización de la población venezolana que se radica en la ciudad.

Vive con su familia, compuesta por su esposo David, a quien conoció hace 12 años y llevan ocho de casados, sus hijos Santiago y Samuel, de seis y cinco años respectivamente, y recientemente los acompaña su mamá, originaria de Buenavista, Sucre. Están establecidos acá hasta que termine la estancia posdoctoral de su marido, aunque están abiertos a cualquier otra opción. Su situación de permanencia no está del todo definida, pero sí le gustaría quedarse.

Hace un año no querían dejar su país y luego de un tiempo estando en Colombia la invadió una sensación de culpa, como si hubiese traicionado a los suyos y a su hogar por haberlo abandonado. Este sentimiento porque Venezuela fue el lugar que le dio cobijo, donde creció, donde se le permitió estudiar de forma gratuita en una universidad pública porque trabajaba para el Estado. Donde su familia había trabajado duro desde cero para vivir bien. Hasta que llegó un momento en que irse era inevitable porque todo a su alrededor estaba contaminado.

Es así que, el vivir bien en Venezuela para los profesionales significaba poder comer dos veces al día. Mairene y su familia tenían la fortuna de darse ese lujo, pero eso implicaba que debían trabajar más de la cuenta. Tenía tres trabajos, uno de ellos, en el que se desempeñaba como docente en una universidad pública, lo había conseguido luego de graduarse del colegio a sus 17 años, y llevaba la misma cantidad de años en servicio. Considerado allá como uno de los trabajos más deseados, junto con la industria petrolera y la eléctrica, ser funcionaria pública le favorecía mucho y se sentía privilegiada. Pero la situación llegó hasta el punto en que la subsistencia ya era imposible.

Mairene y sus niños son colombo-venezolanos y su esposo es hijo de españoles. Dos familias que tuvieron que salir de sus lugares de origen. /FOTO DIEGO ALEJANDRO PARRA ARDILA

Devolverse a su país en estos momentos no es una opción, y en su opinión, para nadie. A menos de que cambiase el gobierno actual, que es lo que la población en general espera, saben que ese proceso duraría entre 15 y 20 años, riesgo que ella no está dispuesta a correr por sus dos hijos pequeños, su seguridad y que no sufran las circunstancias. Recuerda que debía explicarle a sus niños que no podían tomar leche en la noche porque no se conseguía, incluso cuando personas que trabajaban como ella tuviesen que comprarla a precio de mercado negro, algo que incrementaba hasta un 200% el valor real, porque no tenían el tiempo para hacer las largas filas en los supermercados o por la inseguridad.

Llevaba 17 años siendo jefa de información y control estudiantil en la oficina de orientación vocacional de la Universidad del Zulia, una institución pública y de las más importantes de la zona. Mairene comenzó desde carga cajas y subió de rango con el tiempo y mucha dedicación. Se encargaba de la producción multimedia de la oficina y además, se dedicó a la investigación e integración de personas con discapacidad visual y auditiva.

En la Universidad Privada Rafael Belloso Chacín cumplía dos roles. En principio tenía un cargo de docente administrativo y, junto al comité académico, decidía cómo se emprendía una maestría en la informática educativa, su área de formación. Y luego, allí mismo daba clases en esa maestría, desde estadística, investigación y gestión del conocimiento, hasta producción de materiales multimedia. Adicionalmente, tenía su actividad independiente en la cual se dedicaba a hacer estadísticas para proyectos de investigación.

Al llegar a Colombia, en una reunión de amigos venezolanos en una casa que para ella era un rinconcito de Venezuela en la capital santandereana, donde siempre organizan comidas, conoció a Alba Cecilia Pereira, presidenta de la fundación Entre Dos Tierras. Luego por la cercanía de sus casas, empezaron a formar una amistad. Ahí era donde ella podía hablar y no sentirse como una extranjera.

La fundación está constituida por un grupo de profesionales venezolanos y colombo-venezolanos, empleados, funcionarios y profesores de la UIS y de la Unab. Lleva más de cuatro años brindando ayuda humanitaria a la población venezolana en condición de vulnerabilidad radicada en Bucaramanga. Mairene se empieza a vincular, no por la necesidad de recibir ayuda, sino a manera de contribución, de tener aquí la oportunidad de algo que en su país no tenía y eso era tiempo.

Desde que están en Bucaramanga sienten que su acogida ha sido muy solidaria, tanto con ellos como con sus demás hermanos de territorio. /FOTO DIEGO ALEJANDRO PARRA ARDILA

Se constituyeron alianzas estratégicas con el Instituto de Estudios Políticos de la Unab, con quienes organizaron una brigada de salud donde más de 400 personas fueron atendidas por médicos, enfermeros y psicólogos de la universidad. Es la única fundación dedicada a esta labor en la ciudad, cuya misión es poder establecer lazos que permitan unir a colombianos y venezolanos en el proceso migratorio. Es de esta forma como han ayudado con asesorías e insumos a más de mil personas desde julio, cuando se constituyó formalmente como institución.

Mairene es principalmente secretaria de la organización de acuerdo al documento que la certifica, pero sus roles van más allá de eso. Se encarga de llevar la agenda de las reuniones y convocarlas. Es la mano derecha de la líder, Alba, apoyando en todo lo que tiene que ver con la formulación de proyectos, encuentros con instituciones para establecer alianzas y la búsqueda de nuevas estrategias para ayudar. Fuera de eso, hace el trabajo operativo de doblar ropa, acomodar medicamentos y atender a la gente que busca información.

En estos momentos siente que está en arena movediza porque no sabe si Colombia va a ser el lugar donde se queden permanentemente, pero su trabajo como activista social ha sido ese gancho, lo que le da estabilidad. Lo que la impulsa es dar un ejemplo a sus niños, además que quiere ser un agente de cambio desde afuera. Ahora no solamente quiere reunir comida para donar, su motivación es buscar soluciones reales al problema de la migración, orientar a quien lo necesite y ser una cara visible de la otra Venezuela, de esa masa de profesionales que tiene ganas de salir adelante y ser productivos.

Sus sueños van más enfocados hacia mejorar la fundación. Sueña con ver instalado un consultorio que les permita la atención gratuita a venezolanos, un banco de alimentos, una guardería para las madres trabajadoras, una plaza de mercado donde la gente cultive, venda sus cosechas y así generen empleo. Hacia eso está direccionando sus esfuerzos y a eso le dedica todas sus tardes.

Por Diego Alejandro Parra Ardila

dparra446@unab.edu.co


Esta nota hace parte del especial Web ‘Bucaramanga con rostro de mujer’. Para ver el especial completo, diríjase a este enlace: http://ow.ly/psAA30ilQkF

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Universidad Autónoma de Bucaramanga
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