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De la selva al set, de la guerra a la pantalla grande: Esto es ‘Cine Social’ para la reconciliación

Años atrás corrían para librarse de las balas del enemigo, ahora lo hacen antes de que digan “acción” durante el rodaje. Esta es la experiencia de un grupo de excombatientes de grupos armados que acompañados por estudiantes de Artes Audiovisuales de la Unab cuentan lo que fueron sus historias en el conflicto.

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Sandra Bolaños frente al lente de los estudiantes de realización documental, encargados de la grabación. Esta iniciativa ha creado un escenario de convivencia, diálogo y reconciliación en el aula de clase. La alianza entre la ARN, Grupo Territorial Santander, y la Unab consiste en la formación en audiovisuales a las personas en reintegración, y charlas sobre el proceso de reintegración a los estudiantes de la Universidad. / FOTO BRAHYAND ARANGO

Sandra Bolaños no tiene miedo de contar su pasado, aceptó sentarse a hablar
con un periodista sin pensarlo dos veces. De la mano de su “nueva pareja”, como ella lo presentó, se dispuso a responder los interrogantes que, pronto, se transformaron en una conversación.

Lo hizo luego de ver la proyección del filminuto en el que fue protagonista, que grabó junto a estudiantes de tercer semestre de la clase de realización documental, del programa de Artes Audiovisuales de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (Unab), como parte del proyecto ‘Cine Social’, en conjunto con la Agencia para la Reintegración y la Normalización (ARN), el cual se agrupó en la muestra denominada ‘Emociones. Una experiencia de reintegración’.

Por sus movimientos tranquilos, su risa desaforada y el trato con su compañero sentimental, es difícil creer que está en un proceso de reintegración, pues duró 20 años en las filas de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), a las que entró con el propósito de cobrar venganza porque la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) le había quitado la vida a
algunos de sus familiares.

De esta decisión hoy día se arrepiente. “Cuando estaba en la guerra no llevaba la cuenta de eso, pero en las audiencias de Justicia y Paz, cuando narraba los hechos, vi la magnitud de lo que yo hice y el dolor que llevé a cada familia”, narró durante la charla.

Lleva 2 años y 8 meses en el proceso de reintegración, de la mano de la ARN en el que también participaron 10 personas más que se desvincularon de la guerra, y que buscan acabar con la estigmatización. Recuerda que tuvo que aprender
lo necesario sobre el concepto de perdón, ya que en el proceso con la ARN se vio sentada en una mesa frente a frente con la persona de la que se quiso vengar años atrás. “Fue el que asesinó a mi hijo y lo perdoné. Primero, el proceso era conmigo misma y no fue fácil. Intenté suicidarme tres veces, pero perdoné, y cuando uno perdona, anda tranquilo”.  Y agrega: “No necesito seguridad, mi seguridad es las ganas que tengo de salir adelante y de demostrarle al mundo que sí se puede”.

Frank Rodríguez, profesor de la asignatura de realización documental del programa de Artes Audiovisuales de la Unab, el proyecto tiene dos finalidades: la primera es romper la estigmatización que hay hacia la comunidad desmovilizada por parte de la comunidad en general, y el segundo, enfrentar a los estudiantes a la realidad del país, entender que es compleja y que es dura. / FOTO BRAHYAND ARANGO

Pasó 14 años en la cárcel respondiendo por los delitos que cometió durante dos décadas como integrante de las AUC. Cuando dejó la prisión uno de sus mayores miedos fue encontrarse con su familia y al mismo tiempo, su mayor esperanza era volver a ver a sus padres. Estos y otros fragmentos de su nueva vida lograron ser llevados frente a las cámaras. Sin embargo, no contaba con las malas noticias: un día antes de la fecha programada para el reencuentro, su mamá falleció. Y la dicha junto a su papá duró también poco. Este murió un año
después.

Con sus hermanas, la historia también fue un poco amarga. Al principio, la echaron de la casa y no la aceptaban por tener diferencias ideológicas. Ahora, cuenta que la relación se afianza poco a poco. “Pasar un diciembre con mi familia es muy complicado porque voy a estar contenta con ellos, pero ellos conmigo no. De pronto llega alguien a matarme y ellos corren peligro”, comenta.

Con el impulso de borrar su pasado y aún, estando en prisión, le apostó a la formación académica: cursó el bachillerato y luego entró a la Universidad del Pueblo. Allí cursa el penúltimo semestre de sicología. “En el futuro me veo como una empresaria, también estoy estudiando Gestión Administrativa y el Sena me está dando la oportunidad de consolidar mi proyecto”, expresa.

Después de su paso por las Autodefensas, se arrepiente y hoy se aferra a la idea de que la guerra es absurda. Cita la frase de Mahatma Gandhi: “La victoria lograda por violencia, es equivalente a una derrota”.

Desde que estaba en la cárcel, Sandra daba charlas a jóvenes de colegios para que no tomaran su mismo camino, ahora que está en libertad lo hace en instituciones de educación superior. Esto la llevó a escribir un libro sobre su
vida llamado “Las mujeres pueden amar, pero también matar”, y a pesar de que en muchos lugares la han tratado con respeto, opina que el rechazo a los reintegrados persiste. “Nos toca usar una máscara para que nos respeten o para poder sobrevivir en algunas situaciones. Acá estoy dándole la cara al país, diciéndoles: “Soy Sandra Bolaños” y quiero que me den una segunda oportunidad porque quiero vivir en paz conmigo y con la comunidad”.

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Una banda sonora al ritmo de mariachi
Abundio Ariza Bernal, al igual que Sandra, también perteneció a las AUC. Estuvo 18 meses antes de ser capturado por el Ejército Nacional, institución a la que había ingresado a los 18 años y a la que perteneció hasta los 21. “Para nadie es un secreto que en esa época las personas que pertenecían a las Fuerzas Militares eran objetivo militar de la guerrilla. Fui secuestrado por ellos y logré salir de allí. Mi error fue decidir entrar al grupo armado (AUC) teniendo las puertas abiertas
en el Ejército Nacional, al que pertenecí”, cuenta Ariza Bernal, de 38 años.

De su época como militar conserva el corte de pelo; se toma su tiempo para organizar las ideas y habla de manera pausada y serena. Mira directamente a los ojos y esboza una sonrisa de vez en cuando, sobre todo cuando habla de sus hijas.

Tiene una empresa de arepas con su primo y lo que le apasiona es ponerse las botas puntiagudas, el traje y corbatín, y cantar rancheras al estilo de los mariachis mexicanos. Estos son sus sustentos económicos, ya que la opción de conseguir un empleo formal la percibe lejana, pues, por su pasado aún le siguen cerrando las puertas.

El hecho de entrar a “las filas oscuras”, como las llama, merece para él el calificativo de “la peor decisión de su vida”, que lo mantuvo dentro un año y 6 meses, y que también lo llevó a acogerse a la ley de Justicia y Paz y ser condenado a 14 años de cárcel.

El cantante y compositor expone que se arrepiente de haber ingresado allí porque “eso es tiempo que no se recupera. Dejamos hijas que tienen que crecer
solas y ya cuando retornamos, encontramos son señoritas y ya son ellas las que le enseñan a uno sobre la vida”.

Y no puede tener más razón al pronunciar estas palabras, pues su hija mayor le demostró con hechos el verdadero significado del amor y del perdón. Estando en las filas de las Autodefensas, Abundio dejó embarazada a su novia. A los tres meses de que ella diera a luz, fue capturado y solo estableció comunicación con su hija en tres oportunidades en los últimos años de su condena. Cuando salió de la cárcel no sabía cómo iba a encontrar a su hija ni si lo aceptaría. Pero para su sorpresa, cuando su pequeña de casi 15 años lo vio, se desbordó en llanto y el abrazo no tuvo que ser solicitado, porque se dio solo como cuando dos fuerzas opuestas se atraen. Meses después, ella estaba de nuevo llorando desde su ventana, mientras Abundio le cantaba “15 primaveras”, de Vicente Fernández.

Mientras estaba en la cárcel, estudió hasta noveno de bachillerato e hizo cinco diplomados en Derechos Humanos. Ahora en su proceso de reintegración en el que lleva apenas un año, está terminando su bachillerato mientras hace un diplomado en Fortalecimiento de Competencias Productivas y Emprenderismo en la Universidad de Santander (Udes) y para su futuro dice sin titubear, que quiere estudiar una carrera en Mercadeo y Ventas.

“Mi meta es, mientras termino la ruta de reintegración, ser profesional y también, establecer mi carrera musical porque yo recibo con placidez la oportunidad de que me den estudio en vez de un arma. Es positivo escuchar cuando le dicen a uno que le dan un lapicero y no un fusil ni una pistola”,
afirma Ariza Bernal.

Nunca pensó que el estudio, que antes pensaba que no servía para nada, también lo ayudaría a acercarse a su hija, pero como él lo cuenta: “Ahora yo voy a la entrega de boletines de ella y para mí es muy grato ver que mi hija no pierde ni una materia, me siento muy orgulloso y eso me ayuda a mí porque eso me hace ver que sí mi hija no pierde una materia, yo tampoco la puedo perder”.

Se siente afortunado de haber participado en las grabaciones del filminuto. Asevera que la experiencia le enseñó muchas cosas, sobre todo que “no necesita de tener un camuflado, ni un fusil, ni una pistola para que lo reconozcan a uno. Con estos filminutos miramos que somos reconocidos y aplaudidos por noventa segundos, y que tenemos la oportunidad de mostrarnos”.

Tiene presente que con sus decisiones causó daño a muchas personas y por eso cuando habla de las víctimas del conflicto armado agacha su cabeza y baja
el tono de la voz. Piensa antes de lanzar cualquier comentario y asegura que se ha sentado con víctimas “a conversar y es bonito cuando ellos le dicen lo perdono, lo apoyo y siga adelante, pero nunca regrese, nunca vuelva a lo que fue”.

Es consciente de que, para solicitar el perdón y el abandono del odio, el primero que debe hacerlo es él mismo, por eso este proceso ya lo vivió, primero con el abrazo de un amigo de la familia que se desmovilizó de guerrillero mientras él aún estaba en las filas paramilitares y después, mientras estaba en la cárcel cuando estuvo en un pabellón con varios guerrilleros y compuso con uno de ellos
la canción “Seremos amigos después de la guerra”.

Tan solo una oportunidad

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Dreisner Osorio Caldón, representa la otra cara de la moneda, porque él perteneció a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) que enfrentó a las AUC. Aun así, él, Sandra y Abundio se encontraron durante
la proyección de los filminutos en la Unab.

Es el más joven de los tres. Tiene 28 años. A los 17 se enlistó en las filas de las Farc, según él, sin que nadie lo obligara. Lo hizo por razones políticas al ver las injusticias que se cometían con sectores menos privilegiados como el campesinado.

“Uno se encuentra con un grupo de estos y se pregunta por qué es la lucha, y cuando le dicen las razones y uno está inconforme por cosas que están pasando, entonces se cree que nada se puede conseguir por medio de las vías legales”, afirma este hombre en proceso de reintegración.

Actualmente vive con sus dos hijos y está estudiando una Tecnología en Gestión Administrativa en el Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena) mientras trabaja media jornada en la ARN ayudando con los oficios varios.

No tuvo que pagar una condena de cárcel porque su proceso de reintegración fue por ruta regular al no tener cargos por delitos de lesa humanidad. Se acogió al proceso después de cinco años de estar en el grupo armado, donde se dio cuenta de que había cosas que él no compartía, pero no fue fácil tomar la decisión, ya que “si me quedaba en la organización tenía la posibilidad de morir, y la otra opción era salir. También podía morir, porque si me pillaban, me
mataban”.

Abandonar las Farc le permitió acercarse de nuevo a su familia y se dio cuenta que, a pesar de todo, sin la ayuda de sus padres y sus hermanos, no hubiera podido salir. Sus padres eran separados y se guardaban rencor desde hace muchos años, pero cuando lo recibieron, según él, “se dieron un abrazo y yo pensé: qué bonito todos los efectos que una persona puede lograr”.

Es el que lleva más tiempo en el proceso de reintegración, pues completa media década, y en todo este tiempo la estigmatización ha sido la mayor prueba a superar. “Deberían darse la oportunidad de conocer lo que nosotros estamos dispuestos a hacer, que lo venimos construyendo desde hace tiempo y ha sido con esfuerzo”, afirma Osorio Caldón.

Dreisner comenta que una de las cosas más difíciles de haber estado en un grupo armado es enfrentarse a las víctimas, asegura que entiende por qué algunas no han podido perdonar, y agrega que “estamos dispuestos a darles la cara, pues es la manera de poder remediar algo que ni con toda la plata del mundo se puede reparar. Puede decir: “estamos aquí” y a pesar de todo lo que
pasó seguimos siendo colombianos y como colombianos, estoy dispuesto a tenderle la mano en lo que le pueda colaborar”.

En su filminuto, representa el momento en que huye de la selva y el giro que dio su vida al cambiar de entorno. Este proyecto fue una experiencia gratificante para él, “es otra forma de contarle a la gente lo que somos y que detrás de cada persona hay algo muy importante”.

Por último, hace una reflexión en torno a la palabra paz: “Es necesaria para el ser humano, pero la paz no es solo usted dejar un arma y salir a hacer una vida civil con una mujer y unos hijos. La paz se construye desde la base principal que es la casa y enseñarles a los niños y jóvenes que la paz no es lo que firmó el gobierno, sino que es lo que nosotros estamos dispuestos a hacer para no estar más en conflicto”.

Por Brahyand Arango Jaimes
barango@unab.edu.co

 

Universidad Autónoma de Bucaramanga
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